sábado, 4 de febrero de 2012

Empiezo a saber lo que quiero



Hay ocasiones en que nos sentimos totalmente reconocidos en el escrito de otra persona,  como si hubiese verbalizado por nosotros aquello que sentimos y pensamos. Eso es lo que me ha ocurrido con este texto de Ángeles Caso y sé que no soy la única a la que le ha sucedido, pues tengo constancia de que circula por muchos foros y blog.

Me llega justo en el momento en que creo haber vivido el suficiente número de horas buenas y otro tanto de malas o lo que es lo mismo, cuando he llegado a la madurez, circunstancia que me da derecho a una entrada de palco desde donde poder observar la vida desde cierta altura y saber lo que quiero y lo que no, lo que me gusta y lo que me disgusta de este mundo en el que vivo, los que quiero a mi lado y de los que me alejo... Tal vez también tu te reconozcas.

Lo que quiero ahora

Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

 http://www.lavanguardia.com/magazine/20120119/54245109494/lo-que-quiero-ahora-angeles-caso.html .

6 comentarios:

pluvisca dijo...

Pues si, es una pasada de artículo

Ojala todo el mundo pudiera decir lo mismo...

Un abrazo

Flautista de Neón dijo...

Son palabras,...
¿o no?
Más bien es un sentir maduro, basado en la sencillez del alma, en lo justo, en lo verdaderamente importante,.. en la vida misma,... una vida sana.
Me ha encantado este escrito, Carmen. Gracias por compartirlo.

Hoy, te abrazo el alma con enorme calidez, eres una gran persona.

igloo cooking dijo...

Bonitas reflexiones! yo por ahora sé lo que no quiero! Besitos

Carmen dijo...

Pluvisca,

Un artículo de los que hacen reflexionar.

Estaría muy bien saber lo que queremos en todo momento, pero me parece que la mayoría de las veces sucede todo lo contrario.

Un beso

Carmen dijo...

No son solo palabras, Flautista, cuando toman forma de sentimiento en otra persona. A mi, me han hecho pensar y me han calado.

Gracias por tus palabras, tengo la misma opinión de ti y espero que todo te vaya bien.

Un abrazo

Carmen dijo...

Si que son bonitas, Igloo.

Saber lo que no quieres es tan importante como saber lo que si quieres.

Un abrazo